Hemeroteca :: 01/08/2004
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El gran ecólogo catalán retratado por uno de sus discípulos

Última actualización 01/08/2004@00:00:00 GMT+1
El pasado 23 de mayo moría en Barcelona, a los 85 años de edad, el eminente
y peculiar ecólogo Ramón Margalef López. Pionero en el estudio de la Ecología,
en 1967 ganó la primera cátedra de esta disciplina científica en nuestro
país y fue durante treinta años un referente mundial en su especialidad.
Alto para su generación, cargado de hombros (por su altura y por su timidez), el pelo a lo cepillo, frente ancha, orejas y nariz grandes; destacaban de inmediato sus manos, amplias, nudosas, cubistas diría yo, que frotaba y retorcía con peculiar cadencia. En sus movimientos, por lo general desmañados, destacaban los ojos azules penetrantes y vivos. Lucía una sonrisa de niño travieso (mantuvo hasta la muerte cualidades infantiles, como la curiosidad inagotable por todo lo que le rodeaba), exteriorización de un finísimo sentido del humor muy crítico con instituciones y situaciones, pero nunca con las personas. Como ejemplo de su humor está Ceratoperidinium yeye, un alga marina que describió para la ciencia en los años sesenta y que denominó así por el par de largas expansiones que lejanamente le recordaron las piernas de una minifaldera. Tenía una cualidad que no se ha ponderado lo suficiente: era la persona más libre e independiente que he conocido y si algo le sacaba de sus casillas era que tergiversaran sus palabras. Le he visto revolverse como un felino cuando intentaban hacerle comulgar con ruedas de molino, ya fuera en temas académicos, políticos, activistas o de divulgación científica. Esta feroz independencia, el sentido crítico (con las actitudes y los modos, pero no con las personas), la insobornabilidad (ni en dinero, ni en especie, ni en favores, ni en honores) y el rechazo visceral a posiciones extremistas del tipo que fueran, le hacían imprevisible, incómodo e ingobernable. Por eso no gozaba de muchas simpatías en los ámbitos de poder, que nunca pudieron domeñarle. Pero no sólo repartía críticas a políticos y gobernantes, sino que también zarandeaba cuando lo creía oportuno a ecologistas, universitarios, investigadores, catalanistas, españolistas... Nadie se libraba del análisis.
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